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Accion de Gracias y Eucaristia

Dr. D'Ambrosio

Acción de Gracias y Eucaristía

by: Dr. Marcellino D'Ambrosio

Translated by: Miguel Carranza


 

Accion de Gracias y EucaristiaPara los norteamericanos, las palabras “Acción de Gracias” evocan imágenes de pavo y salsa de frambuesa, fiestas y juegos de pelota. Estas “tradiciones” han venido a marcar un evento que fue perpetuado en las vidas de los norteamericanos por el presidente Abraham Lincoln.

 

Pero ¿por qué proclamaría Lincoln el último jueves de Noviembre como una festividad nacional? Porque para él estaba claro que las bendiciones que representaban los alimentos, la tierra, la familia y la libertad que gozan los norteamericanos son regalos del Creador y él se dio cuenta que los norteamericanos habían olvidado esto. Se necesitaba entonces un día especial para que olvidáramos las diferencias y recordáramos las bendiciones. Y el recordar, naturalmente nos lleva a darle gracias a la Fuente de todas estas bendiciones.

 

Los israelitas tenían una fiesta anual de Acción de Gracias también. Más bien era una combinación de dos fiestas que ocurrían a principios de la primavera: la Pascua y la Fiesta de los Panes Asimos. Cuando los primeros granos comenzaban a cosecharse y cuando las ovejas parián sus crías. Los cananeos paganos ya habían celebrado la fiesta de los panes asimos para agradecer a los dioses por la cosecha y para ofrecerles los primeros frutos como sacrificio de gratitud. Los beduinos paganos que iban de lugar en lugar con sus ganados celebraban el regalo de la primavera sacrificando algunas ovejas a los dioses para agradecer por el don de la fertilidad.

 

Los antiguos pueblos no necesitaron una revelación divina para saber que las fuerzas celestiales sostenían al mundo y todas sus criaturas. Eso lo supieron por puro sentido común. Es muy sencillo deducir que les debemos gratitud a estas “divinidades”.

 

PassoverPero para los judíos la Pascua no consistía solo en dar gracias por las bendiciones del creador. Para ellos Dios no era solo el autor de la naturaleza con sus temporadas y ciclos de vida. No, Dios también era el Dios de la historia. Entre todos los pueblos de antaño, solo los judíos creían que Dios entró en la historia humana, manifestó su amor y su poder y actuó decisivamente para salvar a su pueblo elegido. Así que mientras los paganos agradecían a sus dioses cada primavera por las bendiciones de la comida y la fertilidad, los israelitas le agradecía al Dios por la comida, pero aun más por la libertad. Ellos conmemoraban no solo que de Él provenía toda la creación, sino también la salvación de la esclavitud. Esta conmemoración sucede cada año de forma solmene en la Cena Pascual que es el clímax del año judío.

 

La noche antes que Jesús muriera, celebró este solemne memorial profundizando su significado aun más. Ciertamente, la liberación de la opresión del faraón era algo para celebrar. Pero existe otra esclavitud aun más cruel. Una esclavitud que no puede ser alterada por un cambio de régimen político o por un cambio de localización geográfica. Es la esclavitud a Satanás que nos es impuesta por las cadenas del pecado. Dios actuaría decididamente para liberar a su pueblo de esta antigua maldición, de la misma forma en que actuó a través de Moisés para liberar a su gente del faraón. Pero esta vez, actuaría personalmente y no a través de intermediarios.

 

Esta liberación tendría un costo mayor. La única forma de ganar la libertad era si Dios daba no solo su bendición, sino también su propia vida. Para lograrlo Dios se hizo hombre, capaz de ofrecer el sacrificio supremo. Y antes de hacerlo de hecho lo hizo sacramentalmente, ofreciéndose a si mismo bajo las formas del pan y el vino. Antes de entregarse a sí mismo a manos de los romanos para ser su víctima, se entregó en nuestras manos para convertirse en nuestro alimento.

 

Su objetivo no era solo abrirnos las puertas a la felicidad futura en el cielo. Su plan era derramar el bálsamo de Gilead en nuestras heridas para comenzar el proceso de sanación aquí y ahora. La mordida de la serpiente nos había inyectado veneno. Su cuerpo y sangre serían el antídoto, la “medicina de inmortalidad” – en las palabras de San Ignacio de Antioquia.

 

La sangre nutre y trae vida a cada célula de nuestro cuerpo y también sana las impurezas que envenenan nuestro sistema. La Eucaristía nos ofrece una transfusión – hacemos a un lado nuestra antigua vida y recibimos Su nueva vida. Intercambiamos su vitalidad divina por nuestra sangre desgastada y tóxica. La vida de todos los seres está en su sangre. Antiguamente, la sangre era derramada a los pies del altar y nunca debía ser ingerida por un judío ya que solo pertenecía a Dios. En la Eucaristía Dios derrama su propia sangre en el altar de la cruz y nos la da a nosotros como bebida para transformar nuestra vida.

 

Al decir “Hagan esto en conmemoración mía”, se nos recuerda el gran amor que Cristo tiene por todos nosotros. Ese amor que no se queda con nada y que da todo por nuestra libertad. Es natural entonces que nuestro banquete se llame Eucaristía o “Acción de Gracias”. El sacerdote hace la introducción a la oración central de la celebración con estas palabras: “Demos gracias al Señor nuestro Dios”. Y nosotros respondemos “Es justo y necesario, es nuestro deber darte gracias.”

 

Durante la plegaria eucarística, siempre doy gracias por mis bendiciones en silencio. Medito sobre las bendiciones naturales: casa, trabajo, la comida sobre mi mesa y la salud de mi familia. También agradezco a Dios por mi propia historia de salvación, especialmente por haberme apartado del peligroso grupo de personas que me rodeaban durante mi adolescencia. Agradezco a Dios por haber puesto en mi camino a una mujer que lo ama a Él y me ama a mí también, por mantenernos fieles el uno al otro y con Él por tantos años y por bendecirnos con hijos maravillosos que también lo aman. Le agradezco por la historia de salvación de nuestra familia.

 

Si todavía no te has formado el hábito de agregar tus propios agradecimientos a la plegaria eucarística del sacerdote, inténtalo la próxima vez que vayas a misa. Es una manera muy apropiada de participar en esta parte de la Eucaristía.

 

El verdadero agradecimiento no se expresa con palabras ni con sentimientos cálidos. La gratitud ante un regalo se expresa dando un regalo a cambio. El dio todo su ser – sangre, cuerpo, alma y divinidad. La única respuesta adecuada sería ofrecernos nosotros mismos. Recordemos lo que Pablo dice en su carta a los romanos: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual “(Romanos 12:1).

 

El agradecimiento no puede separarse del sacrificio. La misa es la celebración de Su amor y de la libertad que ganó para nosotros a través de Su sacrificio. A través de este sacrificio, el amor de Dios se derrama sobre nuestros corazones y nos hace capaces de amarlo con ese mismo amor. Con el poder de ese amor nos ofrecemos a Él y entramos en este sacrificio que celebramos.

 

La verdadera acción de gracias consiste en donarse. Este es el significado de la Eucaristía.

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El Dr. Marcellino D’Ambrosio es el director de www.crossroadsinitiative.com. Para más información sobre su peregrinaje de Año Nuevo hacia Tierra Santa o sobre sus recursos, visite www.crossroadsinitiative.com o llame al 1.800.803.0118.

Esto fue publicado originalmente en “Our Sunday Visitor” y se reproduce aquí con permiso del autor.

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