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El Sacrificio de Isaac
Segundo domingo de Cuaresma, Ciclo B
by: Dr. Marcellino D'Ambrosio
Translated by: Miguel Carranza
Todos sabemos que la cuaresma es acerca de sacrificio, por lo tanto es adecuado que el segundo domingo de cuaresma nos recuerde uno de los sacrificios más famosos de toda la historia.
El trasfondo de la historia es que Abraham solo desea una cosa: un hijo que traería una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo. El único problema es que su esposa es estéril y de edad avanzada. Así que el trata de resolver el problema a su manera y engendra un hijo con una esclava. Esto no funcionó muy bien. Sin embargo, Dios interviene, hace un milagro y la anciana Sara queda embarazada y concibe un hijo. Isaac se convierte no solo en el primogénito de Abraham si no también en su última esperanza. No hay nada más preciado para Abraham que su hijo. Verdaderamente, entregar a su hijo sería entregarse a sí mismo.
Ciertamente, este es el verdadero significado del sacrificio en el mundo antiguo. Dios merece que le entreguemos todo porque Él nos ha dado todo. Los antiguos sabían que un sacrificio autentico nunca es solo un “asentir con la cabeza” a Dios. Lo que se sacrificaba tenía que ser lo suficientemente valioso para representar toda nuestra vida. Es por eso que el sacrificio de seres humanos era tan prevalente en los tiempos antiguos: el ofrecer al primogénito era visto como la única forma de adoración aceptable para los dioses responsables de nuestra existencia. En Génesis 22, Dios detiene a Abraham antes que diera muerte a su hijo. Esta terrible experiencia fue una prueba para saber si Abraham estaba verdaderamente entregado a Dios en fe, obediencia y gratitud. Dios no quiere la sangre de Isaac, si no el corazón de Abraham. Entonces provee un carnero que muestra el verdadero sentido de todo sacrificio autentico: Damos a Dios algo de gran valor que nos representa a nosotros mismos.
Pero la imagen de Isaac cargando la leña en el Monte Moria debería darnos algún indicio de que la historia apunta a un sacrificio futuro más allá de nuestra comprensión. El carnero enredado en los matorrales no es el verdadero sustituto, y el verdadero sacrificio no tomará lugar en el monte Moria. El hijo de Dios es el cordero, no el carnero y quien será sacrificado es el hijo de Dios no el de Abraham. Igual que Isaac el cargo la leña para el sacrificio por la ladera del monte Calvario. Pero al contrario de Isaac, el lo hizo libremente, sabiendo que el costo que tendría el sacrificio para Él. Su sacrificio logra lo que ningún sacrificio animal podría lograr: La salvación eterna de todos aquellos que quieran aceptar este regalo d amor.
Este es el punto de toda la historia. Desde Génesis hasta Apocalipsis, el tema es el sorprendente amor de Dios. El amor del Padre por su Palabra hecha Carne: “Este es mi Hijo amado” (Marcos 9:7). El amor del Padre que sacrifica a su hijo amado por nosotros (Juan 3:16). El amor del Hijo que deja atrás la gloria del cielo y las brillantes nubes del Monte Tabor por la agonía del Calvario.
Aunque somos nosotros quienes debemos todo a Dios, es Él quien se sacrifica por nosotros. Nuestro amor por Él solo es un eco de Su generoso e imparable amor por nosotros. “El que no perdonó ni a su propio hijo, antes bien le entregó por todos nosotros ¿Cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? (Romanos 8:32).

Este es el verdadero significado del sacrificio Cuaresmal. Renovamos y profundizamos nuestra dedicación a Él y lo expresamos sacrificando algo valioso para nosotros. Mientras ayunamos y hacemos limosna no olvidemos darnos un tiempo extra para la oración. Después de todo, el evangelio de este domingo no nos pide renunciar al chocolate. Si no que después de identificar a Jesús como el Hijo amadísimo de Dios, Él nos dio un mandamiento clarísimo. Él dijo: “¡Escúchenlo!”
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El Dr. Marcellino D’Ambrosio escribe desde Texas. Para más información sobre su peregrinaje de Año Nuevo hacia Tierra Santa o sobre sus recursos, visite www.crossroadsinitiative.com o llame al 1.800.803.0118.
Este artículo fue publicado originalmente en “Our Sunday Visitor” como una reflexión sobre las lecturas del Segundo Domingo de Cuaresma del ciclo litúrgico B (Génesis 22:1-18; Salmo 116; Romanos 8:31b-34; Marcos 9:2-10). Se reproduce aquí con permiso del autor. |