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Los 10 Mandamientos y la Limpieza del Templo

Marcellino D'AmbrosioLos 10 Mandamientos y la

Limpieza del Templo

 

 by: Dr. Marcellino D'Ambrosio

Translated by: Miguel Carranza

 

Al principio todo estaba nuevo y fresco. Un Dios desconocido, pero poderoso, liberó a un grupo de esclavos y les ofreció un nuevo estilo de vida en una nueva tierra. Aun mejor, les ofreció una relación exclusiva y privilegiada con él.

 

En el mundo antiguo, la mayoría de las naciones adoraban a sus propios dioses y creían gozar de beneficios especiales de su parte. Por ejemplo, los griegos tenían a Zeus y los Cananeos a Baal. Pero esta vez era diferente. Este misterioso Dios se llamaba a sí mismo “YO SOY” y no toleraba rivales. Había derrotado a los dioses egipcios en su propio territorio y aparentemente estaba listo para llevar a su nuevo pueblo al territorio de Baal. Ninguno de los otros dioses requería algún comportamiento especial, solamente rituales de sacrificio. Este nuevo dios requería fidelidad y un código de conducta para todas las instancias de la vida cotidiana, no solo la religiosa. Ningún área estaba fuera de las exigencias de este Dios: económica, familiar y aun sexual. Si Israel quería entrar en esta relación especial tenía que aceptar el sello de su propiedad en cada aspecto de su vida. Este era el verdadero significado de los diez mandamientos proclamados en la primera lectura de este domingo.

 

Pero lo que comenzó con un celo sincero se convirtió en un ritual rutinario. El código de este nuevo pacto exigía sacrificios de animales que debían realizarse en lugares especiales. Con mucha devoción, el Rey David deseó construir un lugar adecuado para la Casa de Dios, pero sería su astuto hijo Salomón quien haría este sueño realidad.  Después que los babilonios lo destruyeron, el templo fue reconstruido pero solo fue una sombra de lo que antes era. Luego vino un poderoso rey que vio la oportunidad de hacer del templo el orgullo de la gente de Dios. Lo reconstruyó con una majestad superior a la anterior. Pero era más un monumento a sí mismo que no a Dios. Después de todo, poco le importaba Dios y ni siquiera era un judío de sangre. Era un asesino a sangre fría cuyo nombre vivirá por siempre en la infamia – Herodes el Grande.

 

¿Y qué hay de los líderes religiosos en los días de Herodes? Para ellos la religión se había convertido en un negocio. Se necesitaban animales para los sacrificios, así que eran vendidos en el templo. Se necesitaban shekels hebreos para pagar los impuestos del templo, así que los cambiadores de dinero convenientemente se encontraban disponibles dentro del templo para que las personas cambiaran su dinero romano por monedas judías apropiadas.

 

El profeta Malaquías (3:1-5) había predicho que el Señor vendría repentinamente a su templo para acabar con estas situaciones. Zacarías (14:21) había predicho que ya no habrían mercaderes al interior del templo.

 

Así que cuando Jesús volcó las mesas de los cambiadores de dinero, estaba cumpliendo con la escritura y dejando claro que el tiempo mesiánico había llegado. Estos negocios se habrían para siempre. Ya no habría más indiferencia hacia la religión. Era el tiempo de la fe viva, no solo de creencias religiosas. El celo por el Señor le consumía y había venido a encender el fuego del celo en nuestros corazones también.

 

La cuaresma nos da la oportunidad de hacernos una revisión interior. ¿Acaso nuestra religión se ha convertido en rutina o en un simple conjunto de convicciones intelectuales y rituales externos como los escribas y fariseos? ¿Acaso nuestra piedad es más un monumento a nosotros mismos que a Dios como en el caso de Herodes? ¿Qué significa para nosotros Cristo crucificado? ¿El poder y la sabiduría de Dios o simplemente  una figura de yeso colgada en la pared?

 

La historia de Jesús y los cambiadores de dinero está al principio del evangelio de Juan. Desde el inicio de su ministerio público, Jesús predijo su muerte y resurrección a su audiencia, pero no le entendieron.  Sería su propio sacrificio el que llevaría a un nuevo comienzo. La preparación para ese evento requería que él limpiara la casa.

 

Mientras nos preparamos para celebrar el misterio de nuestra redención, es momento para que nosotros también limpiemos la casa y honremos su sacrificio con el nuestro.

 

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Este artículo fue publicado originalmente en “Our Sunday Visitor” como una reflexión sobre las lecturas del Tercer Domingo de Cuaresma del ciclo litúrgico B  (Éxodo 20:1-17; Salmo 19; I Corintios 1:22-25; Juan 2: 13-25). Se reproduce aquí con permiso del autor.

 

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El Dr. Marcellino D’Ambrosio escribe desde Texas. Para más información sobre su peregrinaje de Año Nuevo hacia Tierra Santa o sobre sus recursos, visite www.crossroadsinitiative.com  o llame al 1.800.803.0118.

 


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