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Lázaro
Quinto Domingo de Cuaresma
by: Dr. Marcellino D'Ambrosio
Translated by: Miguel Carranza

Algunos encuentran muy difícil de aceptar el que Dios ame algunas personas más que otras. Piensan que no sería justo.
Sin embargo, Dios se hizo hombre. Si no amara a unos más que a otros, no sería completamente hombre, puesto que los seres humanos tienen familia y amigos. Aunque hagamos cosas buenas e incluso arriesguemos nuestras vidas por personas que no conocemos, todos formamos lazos especiales de intimidad y afecto con un pequeño círculo. Jesús tenía un discípulo amado entre los doce. En el evangelio de este discípulo también conocemos que Jesús tenía una familia a la que amaba de modo particular. Era la familia de María, Marta y su hermano Lázaro.
Fue una sorpresa para todos el que Jesús no acudiera inmediatamente cuando Lázaro se enfermó. Sabemos que era un hombre ocupado, pero ya en otras ocasiones Jesús había hecho todo a un lado para sanar a un extraño. Y en esta ocasión se trataba de uno de sus amigos más queridos. Jesús explicó a sus discípulos que la enfermedad de lázaro no terminaría no lo llevaría a la muerte.
Así que imaginemos su sorpresa cuando días más tarde les dice que Lázaro había muerto y que iba a visitar su tumba. Jesús sabía lo que iba hacer. Sin embargo, al encontrarse con María y sus acompañantes, quienes se encontraban muy consternados, Él no los reprende por llorar. No les dice que se vistan de blanco y se regocijen por que su hermano finalmente se ha ido al cielo. No, Él lloró junto a ellos.

Algunas personas aceptan la muerte como parte natural de la vida, otros creen que la muerte solo es un portal hacia la eternidad. Jesús veía la muerte como un enemigo. Su padre nunca tuvo la intensión de que experimentáramos la muerte. De hecho, solo prohibió a Adán y Eva una cosa: comer del fruto que los convertiría en esclavos de la muerte. No era el plan de Dios que la muerte entrara en este mundo, fue a través de la envida del demonio. La muerte nos arranca el alma del cuerpo. Despoja a las familias de sus seres queridos. Así que en presencia de los que han sido picados por el aguijón de la muerte, Jesús llora.
Los milagros que Jesús realiza en los evangelios, siempre surgen de la compasión por el sufrimiento. Pero su intensión es siempre más que ayudar al que yace frente a Él. Los milagros relatados en el evangelio de Juan son llamados “signos” por que apuntan a la realización de cosas aun más grandes que Él hará para beneficio de todos.

Es por eso que Jesús permitió que Lázaro muriera. Para que al llamarlo de la tumba, entendiéramos para qué había venido. Sus enseñanzas eran sublimes y sus sanaciones cambiaban vidas. Sin embargo, personas más sabias y más saludables seguían enfrentándose al horror de la muerte. Si Jesús es verdaderamente el salvador, tiene que salvarnos de la tumba permanentemente. La resucitación de Lázaro estaba deteniendo lo inevitable. Algunos años más tarde, los dolientes tendrían que juntarse otra vez.
Así que en presencia de la multitud que se había reunido para el funeral, Jesús llamó a Lázaro a que saliera de la tumba. Esta demostración del poder de Jesús sobre la muerte fue un signo de su próxima resurrección – y la de lázaro y la nuestra también.
Este es el último milagro o “signo” que se registra en el evangelio de Juan. Sería de esperarse que una noticia como la de este milagro, al ser llevada a Jerusalén por numerosos testigos presenciales, haría que Jesús fuese aceptado como Señor y Mesías. Pero nuestro Señor sabía que tendría exactamente el efecto contrario. Demostró a sus enemigos la gran amenaza que Él representaba. Tendría que actuar rápido para evitar que este tipo de cosas se salieran de control

Pero todo eso era parte de su plan. Él estaba en absoluto control. Él estaba determinado a dar su vida con gusto, a experimentar la horrible tortura de la crucifixión, a sufrir el amargo dolor de la separación de su cuerpo y su alma. Estaba dispuesto a soportar todo esto, porque sabía que de esta forma lograría mas por nosotros de lo que había logrado por Lázaro – una victoria permanente sobre la muerte.
Este artículo fue publicado originalmente en “Our Sunday Visitor” como una reflexión sobre las lecturas del Quinto Domingo de Cuaresma del ciclo litúrgico A y B (Ez. 37, 12-14; Sal. 130; Rm. 8, 8-11; Jn. 11: 1-45). Se reproduce aquí con permiso del autor.

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