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Amen

Amén

Vigésimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

 Dr. Marcellino D'Ambrosioby: Dr. Marcellino D'Ambrosio

Translated by: Miguel Carranza

 

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Los predicadores pentecostales la gritan. Los monjes la cantan. La mayoría de los cristianos terminan cada oración con esta palabra. ¿Pero qué significa realmente la palabra “Amén”? ¿Es solamente una manera piadosa de “desconectarse” del dialogo con Dios?

 

De hecho, la mayoría de nosotros nunca ha escuchado el origen de esta palabra que usamos tan comúnmente. Sin embargo, necesitamos examinarla puesto que su significado está atado a la raíz de lo que Dios nos dice a través de las lecturas de este domingo.

 

Amén no es una palabra de la lengua española, ni griega, aunque frecuentemente aparece en la traducción griega del Nuevo Testamento. Es un término Hebreo y está asociado con una imagen bastante particular en el lenguaje. La palabra “amén” está relacionada a la palabra “roca”. No significa “Yo estoy de acuerdo”, sino “es firme, como roca”. En otras palabras, “es confiable, es seguro, es sólido y me apoyo sobre ello”. El “ello”, por supuesto, es Dios Mismo, quien a menudo es llamado la Roca en el Antiguo Testamento (ver el Salvo 18 y 144) y piedra angular en el Nuevo. El “ello” también es cualquier cosa que El diga, lo que ha revelado. Su verdad es confiable, podemos y debemos apoyarnos en ella.

 

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Esto implica, que no solo debemos aceptar la palabra de Dios intelectualmente, sino también construir nuestra vida alrededor de ella, dejar que nuestro futuro dependa de ella, asegurarnos que nuestras acciones fluyan de ella. Implica que la verdadera fe bíblica nos lleva a poner nuestra confianza en Dios y a comprometernos a vivir las convicciones que decimos tener.

 

Ese es precisamente el punto de la epístola de Santiago. No es que tengamos que agregar obras a nuestra fe para salvarnos. La fe que no logra cambiar nuestras vidas no es la verdadera fe. De hecho, es una fe falsa – una ilusión. Si dices “Buena suerte, que Dios te bendiga, estoy orando por ti” a alguien y no haces nada para ayudarlo en sus necesidades corporales primordiales, tus palabras son vacías. Si predicas la fe y no caminas la fe, simplemente estas tomando una postura religiosa. Esa es precisamente la evaluación que Jesus hace de los fariseos.

 

En Cesárea de Filipo, Pedro exclama que Jesus es el Mesías. Lo que sucede a continuación en la historia prueba que lo que expresó fluyó de una inspiración especial (como lo dice Mateo 16) y no de su solida fe. Tan pronto como Pedro confiesa que Jesus es el Mesías, procede a decirle a Jesus el tipo de Mesías que debía ser. En otras palabras, la revelación de Jesus como el siervo sufriente, un Mesías que salvaría a su pueblo dando su vida por ellos, no le parecía a Pedro. Las consecuencias de ser el primer discípulo de un criminal ejecutado no son especialmente placenteras. Así que disputa las declaraciones del que acababa de llamar Mesías, el Ungido de Dios. Por lo tanto su profesión fue correcta, pero no provenía de una fe solida. No le dijo a Jesus “tus palabras son ciertas – voy a apoyar mi vida sobre ellas” si no por el contrario “¡Vamos, Jesus, debes estar bromeando!”

 

¿Cómo responde Jesus? El siervo sufriente de Isaías pone su rostro “duro como la piedra”. Su mirada está fijada hacia el Monte Calvario y su propósito es duro como la roca – nada puede disuadirlo. ¿Y Pedro? Ya sabemos que pasó cuando el gallo cantó.

 

Pedro (el nombre significa “piedra”) eventualmente abre los ojos. En pentecostés recibe el poder  interior del Espíritu Santo y su “creencia” se transforma en la virtud de autentica fe. Puso su cara dura como la piedra al dirigirse a su propio Calvario, una colina en Roma donde Nerón se divertía con el sufrimiento de los demás, una colina llamada Vaticano.

 

Nosotros hemos recibido ese mismo poder en el bautismo y la confirmación, y es renovado en cada eucaristía. Así que cuando decimos “Amén”, ¿en vivimos lo que estamos expresando?

 

Este articulo fue publicado en “Our Sunday Visitor “, como una reflexión sobre las lecturas para el Vigésimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo Litúrgico B (Isaías 50: 4-9; Salmo 116; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35). Se reproduce aquí con el permiso del autor.

 

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