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El Ciego Habla

 

 

The Blind Man Speaks Up!El Ciego Habla

Trigésimo Domingo del Tiempo ordinario

 by: Dr. Marcellino D'Ambrosio

Translated by: Miguel Carranza

 

Jesus in a Crowd

Había cientos de personas en la multitud aquel día en Jericó. Sin duda, todos tenían necesidades y muchas de ellas seguramente eran urgentes. Sin embargo, el evangelio de este domingo nos dice que solamente uno de ellas tuvo la audacia de hablar y pedir la ayuda del profeta que todos habían venido a ver.

 

Sucede que este hombre era un pordiosero ciego, hijo de un hombre llamado Timeo. Probablemente, Bartimeo no sabía que esta celebridad era, como lo dice la segunda lectura, el sumo sacerdote de acuerdo al orden de Melquisedec quien había sido designado por Dios para quitar el pecado del mundo. También es probable que él no supiera que este Jesús era el Hijo de Dios, la Palabra encarnada, igual al Padre.

 

Sin embargo, de acuerdo a las pocas palabras que expresó, de acuerdo a lo que registra el Evangelio, vemos que creía ciertas cosas importantes acerca de esta personalidad. Primero, al llamarlo “Hijo de David” estaba indicando su fe en que Jesús era el mesías, el rey destinado a revivir las glorias de Israel y a cumplir el legado de aquel que había de liberar a Israel del yugo de sus enemigos. Obviamente, también creía que este maestro (a quien llamó Rabbouni) tenía el poder para curarlo de su propio yugo: la ceguera. Este era un poder que típicamente ni los rabinos, ni los reyes de Israel poseían.

 

Healing of the Blind Man

Así que Bartimeo tenía fe en Jesús y recibió el milagro que tan fervientemente deseaba. De hecho, Jesús le dijo que su fe era la que lo había salvado. Sin embargo, la simple convicción silenciosa no habría hecho efecto. No, si hubiese creído en silencio en aquel hombre de quien todos hablaban, Jesús hubiera pasado de largo.

 

Afortunadamente, Bartimeo tenía el tipo de fe que habla y actúa. En otro lugar del Evangelio, Jesús dice que aquel que pide recibe. Cuenta parábolas sobre viudas, aparentemente groseras, que incomodan a sus vecinos, pidiendo persistentemente lo que quieren y finalmente lo obtienen.

 

Tal vez Bartimeo había escuchado estas palabras de Jesús en otra ocasión, o quizás simplemente lo supo por inspiración de la gracia divina. Si realmente creía que Jesús podía hacer cualquier cosa, ¿Por qué habría de dejarlo pasar sin que le ayudara en su urgente necesidad? ¡Carpe Diem!

 

Bartimeo (Marcos 10:46-52) nos deja claro que la fe es humilde y receptiva, no es recatada, ni tímida, ni reticente. La fe toma la iniciativa. A veces puede ser bulliciosa y hasta escandalosa. El no puede ver donde exactamente está Jesús y por lo tanto no puede caminar hacia él y presentarle su petición de forma digna o sema-privada. Así que usa lo que tiene…su voz. Se encarga de hacer una “escenita”. Entre más le dicen que se calle, mas fuerte grita. Y cuando finalmente logra llamar la atención de Jesús y es convocado, el texto dice que “de un salto se puso en pie.”

 

Al leer esta historia, me siento tentando a pensar si yo hubiese estado ahí, con el Señor Jesús parado frente a mí, yo también hubiese hablado.

 

Celebrate the Eucharist

Bueno, cada domingo soy confrontado con la real y verdadera presencia del Mismo que sanó a Bartimeo. Puesto que en la Eucaristía, el sacramento de sacramentos, no es solo la gracia de Dios (la cual ya es suficientemente imponente), sino también la presencia corporal la que está a nuestra disposición. Garantizado.

 

¿Por qué será que algunos de nosotros asistimos a Misa una y otra vez y salimos por las puertas de la iglesia igual que como entramos? ¿Por qué hay tan pocas sanaciones, tan poco crecimiento en santidad? Tal vez porque nos falta la fe de Bartimeo. De acuerdo al Catecismo (CIC 739, 1106), cada celebración sacramental, especialmente la Eucaristía, es un nuevo Pentecostés. Los regalos del Espíritu Santo, perdón, sanidad, purificación y sabiduría, están ahí para que los tomemos. No necesitamos gritar como Bartimeo, pero al igual que él podemos decidirnos a no regresar a casa con las manos vacías.

 

Este articulo fue publicado en “Our Sunday Visitor,” como una reflexión sobre las lecturas para el Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo Litúrgico B (Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52). Se reproduce aquí con el permiso del autor.

 

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