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Las Moneditas de la Viuda
Trigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B
Por Marcellino D’Ambrosio, Ph.D.
Translated by: Miguel Carranza

La diferencia de tiempo entre las épocas en las que vivieron las viudas en las lecturas de este domingo era considerable. Muchas cosas cambian en 800 años. Sin embargo habían unas cuantas cosas que sus respectivas sociedades tenían en común – aparte de no tener seguro social, ni plan de jubilación, ni fondo de pensiones. Sin ningún esposo que les socorriera, ambas estaban a merced de su entorno y dependían totalmente de la generosidad de los demás.
Cuando a esto le sumamos una hambruna severa, el retrato final no es nada alentador. Así que cuando Elías se encuentra con la viuda de Sarepta, ella le confiesa que está a punto de tener lo que probablemente será la última comida para ella y su hijo.
Sin embargo esto no desanima a Elías quien descaradamente le solicita comida antes de que alimente a su hijo. Esto no encaja en nuestros paradigmas sobre hospitalidad y generosidad. El sentido común nos dictaría alimentar a los invitados después de alimentar a nuestros hijos. Pagar las deudas primero y luego dar al pobre una porción de nuestros ingresos.

Sin embargo, la viuda no le sirve las sobras. Al igual que la viuda del evangelio quien pone las famosas “moneditas” en el arca del templo, ella no da lo que le sobra, si no lo que necesita. Ella da primero y pide para sus necesidades después.
Para hacer esto se necesita no solo de generosidad sino también de fe. Tal vez ese sea parte del mensaje. Estas viudas sabían que Dios las estaba invitando a depender de Él para su sostenimiento en lugar de poner su confianza en ellas mismas. Por lo tanto, no había razón para ponerse avariciosas con lo que tenían para ese día – Dios proveería el sustento de mañana. ¿Recuerdas el maná que cayó del cielo en el desierto? Al pueblo de Israel se le prohibía recolectar más de lo que necesitaban para el día, excepto el día antes del sábado y esto era solo porque cualquier tipo de trabajo, incluyendo recoger el mana, estaba prohibido en sábado.
No sabemos cómo le habrá ido a la viuda del evangelio después de dar sus moneditas a Dios. Pero si sabemos que por intervención divina, el poquito aceite y harina de la viuda de Sarepta pudo ser utilizado durante días hasta que la hambruna termino en la comarca. Aquella que había estado dispuesta a dar una taza de agua fría al profeta, ciertamente recibió la recompensa de un profeta.

Hay algo más que estas viudas tienen en común. A menudo, cuando las personas donan grandes sumas de dinero están ansiosas de que los demás los vean. El deseo de impresionar a otros es mayor que el deseo de agradar a Dios. Con los escribas en lo días de Jesús todo giraba alrededor de “mantener las apariencias”. Costosas vestiduras, buenos asientos en todos los lugares y oraciones piadosas en público servían para mostrar a los demás que efectivamente estos eran hombres dignos y religiosos. El evangelio no lo dice, pero podemos imaginarnos que cuando ellos ponían grandes sumas de dinero en el arca del templo seguramente se aseguraban de que los demás lo notaran.
Por otro lado, las ofrendas de las viudas fueron realizadas en secreto. Nunca hubiéramos sabido sobre la generosidad y valentía de la viuda de Sarepta de no ser por el autor del primer libro de Reyes. Tampoco hubiéramos notado las moneditas de la viuda del templo si Jesús no hubiera llamado la atención de los apóstoles hacia aquel incidente y no hubiera comentado sobre su significado. Verdaderamente, debemos recordar que aunque poco de nuestras vidas llegue a los noticieros de televisión, Dios ve todo, aun las obras de generosidad y fe más pequeñas.

Las historias de las dos viudas fueron escritas con un propósito. Ellas ya recibieron su recompensa y ningún reconocimiento terreno podría hacerles ningún bien ahora. No, las historias son repeditas una y otra vez para nuestro beneficio. Nos sirven para recordarnos que no se trata de cuanto damos, si no con de con cuanta fe y amor lo hacemos.
Este articulo fue publicado en “Our Sunday Visitor,” como una reflexión sobre las lecturas para el Vigésimo Noveno Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo Litúrgico B (1 Reyes 17,10-16; Salmo 146; Hebreos 9:24-28; Marcos 12:38-44). Se reproduce aquí con el permiso del autor.

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