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El Paráclito
Sexto Domingo de Pascua – Ciclo A
by: Dr. Marcellino D'Ambrosio
Translated by: Miguel Carranza
El usaba anteojos con aros de acero y su cabello llegaba hasta la mitad de su espalda. Los flecos en su chaqueta de piel de venado se agitaban mientras caminaba.
Por lo menos así era como yo solía ver a Mike mientras se paseaba por la ciudad. Solo unos cuantos años habían transcurrido desde Woodstock y estábamos inmersos en la cultura hippie. Todo parecía tan nuevo, tan libre, tan excitante.
Sin embargo, aquel día, a la entrada del centro comercial, a penas lo reconocí. Su cabello estaba recortado y su ropa era convencional. Estaba distribuyendo unos folletos y me habló sobre el Espíritu Santo. Rasqué mi cabeza y vagamente recordé una charla sobre el Espíritu Santo en mi preparación para Confirmación. Debo admitir que realmente no conocía mucho sobre la tercera persona de la Santísima Trinidad.
Esto es muy común entre los cristianos. De Dios Padre podemos vislumbrar fugazmente su ternura y su fuerza en el magnífico cielo pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Al niño Jesús en el pesebre, al salvador colgado en la Cruz – estas son imágenes que fácilmente podemos visualizar. ¿Y el Espíritu Santo? De alguna forma, no podemos sentir lo mimos por una paloma que por un niño sentado en el regazo materno. Y ¿Qué hace este “Espíritu”? El Padre crea, el Hijo salva, pero ¿Qué hace el Espíritu?
Jesús lo llama el “Paráclito” al preparar a sus discípulo para su partida (Juan 14:15-21). Francamente, esto no nos ayuda mucho – a menos que, por supuesto, nos den algunas explicaciones adicionales. La palabra significa “Defensor”. Es la palabra que se usa para referirse a un abogado o un fiscal. Hay muchos chistes sobre abogados, pero cuando estás en problemas con la ley, tener un buen abogado no es cosa de risa. Esa es la función del Espíritu Santo – es nuestro abogado defensor.
Parte de las funciones de un abogado defensor es decirle a su cliente como alegar. Algunas veces, cuando la evidencia en tu contra es abrumadora, la sentencia puede ser más liviana si te declaras culpable. El Espíritu te aconseja ser honesto, gentilmente declarándote culpable del pecado – no para acusarte, no para condenarte, si no para ayudarte a ganar el juicio. El es el Espíritu de la Verdad. El lema de Papa Juan Pablo Segundo fue “No tengan miedo”. No tengan miedo de la realidad de sus pecados, de sus debilidades y de sus errores, dice el Espíritu. Puesto que el juez de este juicio nos ama tanto que murió por nosotros. Tu juez es el mismo que salvó a la mujer atrapada en adulterio de la furia de los hipócritas.
Sin embargo, es el mismo que dijo a la mujer adultera “ve y no peques mas”. Este es el verdadero problema. ¿Cómo dejar de pecar? Ella buscaba la vida en el pecado. La atraía como un imán.
El alcohol, el “sexo libre” y las drogas atrajeron a mis amigos hippies como a un imán en los años 70´s. Si fuimos absueltos por el juez a través del concejo de nuestro Defensor, ¿cómo podemos resistirnos a la atracción del pecado?
El arzobispo Fulton Sheen dijo una vez que la única forma de arrojar el pecado de nuestras vidas es a través de la fuerza expulsar de un nuevo amor. Esta es la función del Defensor. Es el amor de Dios derramado en nuestros corazones (Romanos 5:5) lo que expulsa el pecado. El es el Señor y Dador de la verdadera vida quien nos aclara que muchas otras cosas que consideramos como “vida” son realmente la muerte disfrazada.
Una vez que has probado lo verdadero, nunca te sentirás satisfecho con imitaciones. Es por eso que Mike abandonó las drogas. Es por eso que Maria Magdalena y la samaritana abandonaron sus otros amores. Es por eso que la alegría en Samaria se convirtió en fiebre colectiva (Hechos 8:8)
El Espíritu Santo es real. Y no solo viene y se va. El está con nosotros siempre.
Este artículo fue publicado originalmente en “Our Sunday Visitor," como una reflexión sobre las lecturas para el Sexto Domingo de pascua, Ciclo A (Hechos 8:5-17; Salmo 66; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21) Se reproduce aquí con el permiso del autor.
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