Orgullo – El pecado que gobierna todos los demás

Orgullo – El pecado que gobierna todos los demás

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¿Cómo se convirtieron los fariseos, defensores de Dios en el tiempo de los Macabeos, en malvados que buscaban la muerte del hijo de Dios? Fueron deformados por una insidiosa enfermedad espiritual llamada orgullo, el más mortal de los siete pecados capitales.

Ciento cincuenta años antes de Cristo, ellos eran los “buenos”. Los griegos estaban a cargo y decidieron que si habían de unificar políticamente al pueblo, necesitaban unificarlo religiosamente también. Así que impusieron costumbres griegas a los judíos, incluyendo la adoración de ídolos y comer carne de cerdo. Se puede leer sobre la resistencia militar judía a esta opresión en los dos libros de Macabeos.

Fariseos – defensores descarriados

En estos mismos libros, se puede leer sobre la resistencia espiritual de laicos piadosos que defendieron la Ley y las tradiciones de los rabinos que buscaban preservar la fe de Israel y vivirla con pasión. Los miembros de este movimiento renovador llegaron a ser conocidos como fariseos.

Sin embargo, aquellos defensores de Dios se descarriaron terriblemente. Apenas unas cuantas generaciones más tarde, cuando el Hijo de Dios apareció en medio de ellos, le rechazaron. ¿Cómo sucedió esto? Sucumbieron a una insidiosa enfermedad que ni siquiera sabían que tenían.

Enfermedad insidiosa

Hoy en día, tenemos enfermedades de transmisión sexual que funcionan de forma similar. Una de ellas es el VPH, una enfermedad que no presenta síntomas. A menudo, una mujer no sabe que esta contagiada hasta que se le diagnostica cáncer cervical.

Los fariseos hubieran condenado a una mujer con esta enfermedad, como lo hicieron con la mujer atrapada en adulterio (Juan 8). “¡Se lo merece, la paga del pecado es la muerte!”

Orgullo – el pecado más mortal

Verdaderamente, la fornicación y el adulterio son pecados serios. De hecho, son expresiones de uno de los siete pecados capitales – la lujuria. Muchos asumen que los cristianos consideran la lujuria como la personificación del pecado, el peor de todos los vicios.

De hecho, en la jerarquía de los siete pecados capitales, el principal y más mortífero es el orgullo. El orgullo – el deseo desenfrenado no de placer, si no de honor, gloria y poder – es el «anillo que los gobierna a todos”, en palabras de la famosa trilogía de J.R.R. Tolkien.

 

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La lujuria busca desenfrenadamente el placer sexual, sin amor y sin vida. El orgullo busca la grandeza sin Dios. Lo curioso es que el orgullo a menudo inicia mientras se promueve la grandeza de Dios.

Funciona de esta manera: cuando te aplauden mientras haces el trabajo de Dios, crees que te están aplaudiendo a ti. A decir verdad, es un lamentable error. ¡Es como si el burro que montó Jesús al entrar a Jerusalén hubiese creído que la multitud se había hecho presente ese día para aclamarlo a él!

Adicto a los aplausos

Tales aplausos pueden ser adictivos. La persona orgullosa ultimadamente no hará nada para evitar las ovaciones y dejará que sigan sucediendo. Pero solo puede haber una estrella. El orgullo es esencialmente competitivo. Así que cualquiera que amenace con robarse el espectáculo se convierte en un enemigo mortal. Aun si ese enemigo es el mismo Dios.

El orgulloso no enseña para iluminar, si no para impresionar, para aparentar, para aparecer como la autoridad. Los fariseos ponían cargas morales sobre los hombros de las personas sin levantar un dedo para ayudarles (Mateo 23:4). Ambicionaban ser llamados “maestro” (eso es lo que significa “rabino”) y “padre” (los maestros en el mundo antiguo eran considerados padres espirituales), pero realmente no querían la responsabilidad.

La humildad da la gloria a Dios

Cuando Jesús advierte sobre no dejarse llamar “maestro” ni “padre”, no se refería a  títulos que los educadores y los padres de familia deberían evitar. Él se refería a una actitud.

Los humildes tienen claro que toda la sabiduría y enseñanza proviene de Dios, aun si Dios utiliza sus bocas para instruir. Ellos saben que el aplauso ultimadamente es para Él, y le direccionan los aplausos a Él, como lo hace María cuando es elogiada por su prima Isabel (Lucas 1:42-55).

El orgullo es mortal porque es insidioso. Entre más progresa la enfermedad, mas ciega se vuelve la víctima hasta que le es casi imposible discernir su situación. Las posturas y actitudes del orgulloso no son más que un intento de compensar sus inseguridades. El patético emperador no puede ver lo que es totalmente evidente a los ojos de todos los demás – que está desnudo

El humilde está seguro

El humilde, por otra parte, está seguro en el amor de Dios y por lo tanto no necesita de la pompa, ni de las circunstancias. No tiene miedo de reconocer su propia pequeñez, puesto que claramente ve la grandeza de un Dios que no es un competidor, sino un Padre amoroso.

Esta publicación sobre el orgullo, uno de los siete pecados capitales o mortales, y como esta enfermedad espiritual llevó a los fariseos a la ruina, se ofrece como una reflexión sobre las lecturas para el Trigésimo Primer Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo Litúrgico A (Malaquías 1:14-2:2; Salmo  131:1-3; Tesalonicenses 2:7-9;13; Mateo 23:1-12)

 Traducción al español por Miguel Carranza

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