Adviento, época de esperanza

Adviento, época de esperanza

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El Adviento es una época de gozo y esperanza. San Pablo nos llama a regocijarnos en la esperanza. ¿Pero que es la esperanza? ¿Cómo se diferencia de la fe y que tiene que ver con regocijarse?

Fe, esperanza y caridad. En 1 Corintios 13:13, San Pablo nos dice que estas son las tres virtudes principales. Se les llama virtudes teologales, las cualidades que nos hacen parecernos más a Dios.

Seguramente escuchamos lo suficiente sobre la fe y el amor, pero ¿cuándo fue la última vez que escuchaste una motivadora homilía sobre la esperanza? ¿Y qué significa exactamente?

Esperanza y metas

Para lograr grandes cosas en la vida, necesitas una meta que sea lo suficientemente grande como para mantenerte motivado. La promesa de un diploma hace que los estudiantes universitarios se desvelen escribiendo ensayos cuando usualmente estarían de fiesta. El sueño de la gloria olímpica hace que unos corredores se levanten temprano a entrenar, mientras otros duermen cómodamente.

En la vida espiritual, nunca lograremos grandes cosas para Dios a menos que tengamos la mirada en la meta a largo plazo – dicha indescriptible en Su presencia eternamente. El éxtasis de ver cara a cara, a aquel cuya presencia mantiene en asombro a las huestes celestiales, la emocionante compañía de amigos, familia y fascinantes personajes de todas las épocas – purificados, glorificados, obras maestras de amor – esto es lo que traerá el “día de Cristo Jesús” (Filipenses. 1:6) para los que estén listos.

Confianza en la promesa de Dios

La virtud de la esperanza es la expectativa vigorizante y anhelante de esta gloriosa herencia.

Y también es la confianza de que aquel que inició la obra de salvación en nosotros la llevará a feliz término (Filipenses 1:6).

Algunos piensan que los católicos vivimos inseguros, perpetuamente preocupados que no vamos a lograr “pasar de grado”. Por otro lado, hay cristianos que creen que una vez que aceptan a Jesús como Señor y Salvador ya han logrado la salvación definitiva. Dios es fiel, ellos piensan, y nunca se arrepiente de sus promesas. Una vez salvo, siempre salvo.

Así que ¿quién tiene la razón? Hay verdad en ambos lados del argumento. La promesa de Dios es firme. Él nos da la gracia para aceptar a Cristo y su salvación, pero Su gracia nunca viene a expensas de nuestra libertad.

Seguridad y salvación

En otras palabras, Dios es un amante, no un violador. Nunca dobla nuestro brazo y nos lleva en contra de nuestra voluntad. Siempre existe la posibilidad que nos alejemos, como lo hizo el hijo prodigo. Afortunadamente, el hijo prodigo recupero la razón y regresó. Su padre no envió a buscarle. El hijo descarriado regresó por su propia voluntad. La historia pudo haber terminado de otra forma.

¿Hay alguna versión católica de esta “dichosa certeza”? Si, la llamamos esperanza. Tenemos confianza que Dios nos dará la gracia para perseverar e incluso crecer en su amor hasta el “día de Cristo Jesús”.

Fe como deseo ardiente

De acuerdo con Santo Tomas de Aquino, la esperanza es una virtud no de la mente, que cree en la fidelidad de Dios, si no de la voluntad, que anhela el cielo con una fuerza que le impulsa hacia adelante, hacia un mayor crecimiento espiritual.

Un opuesto a la esperanza es la desesperación, el no creer que la misericordia de Dios es eterna. Sin embargo, la esperanza tiene otro opuesto: la pereza o la holgazanería espiritual. Al enfrentarse con el prospecto de la vida eterna con Dios, la pereza bosteza y dice “Aburiiiiiiiido”. ¿Te suena familiar?

¿Qué hay de la presunción? La esperanza es la humilde confianza que Dios no me abandonará. La presunción es la arrogante expectativa de que Dios nos debe misericordia, sin importar cuán negligentes hayamos sido con los medios de salvación, como la Misa, la oración y la confesión.

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La esperanza es un músculo espiritual y al igual que otros músculos, debe ejercitarse para sobrevivir. Los músculos que no ocupamos se atrofian. Así que úsala o piérdela.

Por eso, cada año la Iglesia nos regala una época de Esperanza, el Adviento. Aunque nuestra sociedad la ha vuelto una época de excesos, esta debe ser una  época de entrenamiento. Es tiempo para prender la chispa del deseo espiritual dentro de nosotros para que se convierta en llama. Las luces navideñas son preciosas, pero somos nosotros quienes estamos llamados a iluminar el mundo.

Este artículo sobre la virtud teologal de la Esperanza como un deseo y una expectativa confiada de gozo eterno. Es una reflexión sobre las lecturas para el Segundo Domingo de Adviento, Ciclo Litúrgico C (Baruc 5:1-9; Filipenses 1:4-6,8-11; Lucas 3:1-6).

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