LA MUJER CANANEA – FE QUE MUEVE MONTAÑAS

LA MUJER CANANEA – FE QUE MUEVE MONTAÑAS

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Jesús sana la hija de la mujer cananea puesto que su fe era muy grande. El reprendió a sus discípulos porque su fe era muy pequeña. El evangelio de Mateo nos enseña aquí algo muy importante sobre la naturaleza de la fe que se necesita para mover montañas.

Los apóstoles pensaron que ella era una molestia y le pidieron a Jesus que se deshiciera de ella. Jesús se había ido a la región de Tiro y Sidón, actualmente Líbano, y una mujer de la localidad se le acercó para pedirle un favor. Esta era una tierra pagana, hogar de la infame Jezabel. Los habitantes de esta zona eran cariñosamente llamados “perros” por sus vecinos judíos pues los consideraban impuros.

INGENIO CANANEO

¿Los consideraría impuros Jesus también? A primera vista pareciera que sí. Ella exclama, “¡Señor, hijo de David, ten compasión de mi!”, y le hace saber que su hija es atormentada por un demonio. Al principio la ignora y la rechaza. “Yo no he sido enviado si no a las ovejas descarriadas de la casa de Israel.” Ella no se intimida y como si no le hubiese escuchado, insistentemente exclama: “¡Señor, ayúdame!”

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Luego viene lo que muchos llamarían un desprecio. Jesus le responde: “No está bien quitarle el pan a los hijos para arrojárselo a los perros.” Ella podría simplemente haber recibido la ofensa y retirarse humillada. Sin embargo, ella perseveró, respondiendo con humildad y astucia: “Es cierto, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa  de sus amos”

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MUJER DE GRAN FE

Jesús no pudo resistirse más: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”.  Y en aquel mismo instante, su hija quedó libre del poder del mal.

Muchos piensan que la fe es “creer que…”. Creer que Dios existe o que Jesús es el Mesías. Esta mujer ciertamente tenía este tipo de creencia. Aunque no era judía llamó a Jesus “Hijo de David”, lo cual significa que creía que era el ungido rey de Israel, predicho por los profetas.

CREER, CONFIAR Y SEGUIR ADELANTE

Sin embargo, la fe es más que “creer que”. Es creer en. Creer en alguien significa confiar en él,  confiándoles algo de valor, incluso confiándoles nuestro propio ser. Aquí la mujer le confía el destino de su hija al hombre que está frente a ella. El deseo de salvar a su hija le impulsa a seguir a este hombre, a buscarle sin descanso hasta que obtiene lo que cree que el puede darle.

A menudo, Jesus reprende a sus discípulos por tener poca fe. Su fe es poca porque se acobardan frente a los obstáculos. La fe de esta mujer es grande porque superó cada obstáculo que enfrentó. El es el Rey de los judíos. Ella es pagana. Ella pregunta, el guarda silencio. Ella repite la petición dos veces más, el dice que no. A ella no le importa. Simplemente sigue adelante.

LA FE HUMILDE MUEVE MONTAÑAS

Notemos que a pesar de ser insistente, ella es humilde. No discute la “preferencia” de Jesus por los judíos. No exige arrogantemente que se le sirva primero. Se conforma con las sobras.

Jesus había venido primero por el pueblo de Israel. Solo estaba en la primera fase de su misión. La hora de los gentiles todavía no había llegado. Sin embargo, la gran fe de esta mujer aparentemente le indujo a adelantar su agenda.

Esto me recuerda la fe de otra mujer que también adelantó la agenda de Jesús cuando los invitados a la boda se quedaron sin vino (Juan 2). Su primera respuesta pareció ser no, pero su perseverancia la transformó en un sí que le lanzó a su ministerio público. En cierto lugar en los evangelios, Jesus dice que la fe mueve montañas. En este pasaje vemos que la fe mueve algo todavía más formidable que las montañas – ¡la fe puede mover también al mismo Dios!

Este articulo sobre la mujer cananea y la fe que mueve montañas es una reflexión sobre las lecturas para el vigésimo domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo Litúrgico A (Isaías 56:1,6-7, Salmo 67, Romanos 11:13-15, 29-32; Mateo 15:21-28).

Traducción al español por Miguel Carranza

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