¿Cómo puede un Dios de amor enviar gente al infierno?

¿Cómo puede un Dios de amor enviar gente al infierno?

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Si “tanto amó Dios al mundo”, ¿cómo es posible que condene gente al infierno? ¿Es un Padre amoroso o un Juez severo? Jesús nos ayuda a reconciliar el amor y la gracia con el infierno y el juicio con las palabras bíblicas que quizás sean la más famosas, Juan 3:16

Mientras toma una panorámica sobre la multitud durante un encuentro de football, se observan algunos aficionados levantando unos letreros. Solamente se lee en ellos “Juan 3:16”.

Durante años, los evangélicos protestantes han ensalzado este pequeño versículo de la Biblia como el corazón del Evangelio. En sus mentes, si solo se tiene un momento para decir algo a las personas acerca de la fe cristiana este es el trozo de la escritura que hay que citar: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su único Hijo, para que todo aquel que crea en Él tenga vida eterna.”

El papa Pablo VI, en su famosa carta sobre la evangelización, confirmó que este versículo en el evangelio de este domingo es verdaderamente el tema central de toda la Biblia

Infierno, Juan 3:16 y el amor de Dios

Entonces surge la pregunta del millón de dólares: ¿Cómo puede un Dios que es todo amor enviar a alguien al infierno?

La respuesta es sencilla: Él no lo hace.

Verdaderamente el infierno existe. Vemos su enorme sala de espera aquí en la tierra y si observamos cuidadosamente podremos tener una idea de por qué sus ocupantes están sentados ahí.

Las guerras ciertamente parecen el infierno en la tierra, especialmente cuando se está en el bando perdedor. Los conflictos armados son siempre terribles. En el mundo antiguo, a pesar de sus pocos avances tecnológicos, las guerras eran a menudo fulminantes. Cuando una ciudad se resistía al ejército conquistador se hacía un ejemplo de ella para los pueblos vecinos.

Jeremías y la destrucción de Jerusalén

Jerusalén, por ejemplo, fue arrasada hasta el suelo por los babilonios. El templo de Salomón, orgullo y alegría de Israel, fue reducido a escombros de mármol. Soldados y civiles fueron asesinados a espada y otros pocos fueron llevados al exilio.

¿Acaso Dios trajo este destino infernal sobre ellos? ¡Absolutamente no! De hecho, les envió mensajeros para avisarles cómo prevenir la tragedia. Jeremías llamó a Jerusalén al arrepentimiento y a no oponer resistencia a los invasores. ¿Cuál fue la respuesta de Israel? Lo apresaron. Para consternación de Dios, con su arrogante e imprudente necedad ellos mismos forjaron su destino.

Cómo funciona el juicio final

El castigo eterno funciona de la misma manera. Nadie está en el infierno, excepto aquellos que eligen estarlo. “Y el juicio está en que la luz vino al mundo y los hombres amaron mas las tinieblas que la luz (Juan 3:19)”.

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¿Por qué nos alejaríamos de la luz? Tal vez porque no nos gusta lo que vemos surgiendo de las sombras. Tal vez porque no queremos que nadie más nos vea como realmente somos. Es mejor seguir fingiendo ser buenas personas, que podemos valernos por nosotros mismos, que siempre hacemos lo correcto y que merecemos ser reconocidos y aplaudidos por Dios y por los demás.

Gracia regalo puro

En el momento de nuestra muerte, la elección entre la luz y las tinieblas es definitiva e irrevocable. Antes de ese momento, Dios está a la espera de que nos volvamos a Él. Él es rico en misericordia (Efesios 2:4), ilumina nuestros pecados y quebrantos, no para humillarnos si no para irradiar las alimañas que nos infectan y para limpiar nuestra piel manchada. Todo lo que necesitamos es valor para encarar la realidad sobre nosotros y regocijarnos en su misericordioso amor que nos acepta sin importar lo que somos o lo que hayamos hecho. Todo lo que necesitamos es decirle “lo siento” y “gracias”. Pues no hay nada que podamos hacer para merecer su favor. Como nos dice la carta a los Efesios en la segunda lectura de este domingo, su gracia nos llega como un regalo no merecido.

Viviendo por gracia de Dios

Pero Dios no puede darnos su misericordia si no la pedimos. Y si insistimos en hacer nuestra propia voluntad y recibir lo que merecemos, Él respetará nuestra decisión. Jesús nos invita a participar de la recompensa que nuestro Padre celestial nos tiene preparada. Por mi parte, ¡creo que mejor optaré por la misericordia en lugar de lo que yo merezco!

La cuaresma es una época para recordar que vivimos de la misericordia de Dios y para renovar nuestra determinación de no recibir en vano esa gracia que tan generosamente ha derramado sobre nosotros.

Esta publicación se centra en Juan 3:16, el infierno, el juicio final y la gracia. Es una reflexion sobre las lecyturas para el cuarto domingo de Cuaresma, Ciclo B  (2 Crónicas 36:14-17, 19-23; Salmo 137:1-6; Efesios 2:4-10; Juan 3:14-21).   

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