CORRECCIÓN FRATERNA – INTERVENCIÓN AMOROSA

CORRECCIÓN FRATERNA – INTERVENCIÓN AMOROSA

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La corrección fraterna cristiana presentada en la biblia no tiene nada que ver con la actitud arrogante de los fariseos. Por el contrario, se enfoca en una intervención amorosa y humilde. Así como Ezequiel fue un guardián para la casa de Israel, nosotros también estamos llamados a cuidar unos de otros.

Solía pensar que la Ley de Dios era como una de esas tontas reglas que nos imponían en la primaria, como “No masticarás goma en clase”. Reglas arbitrarias inventadas por algunos burócratas para mantenerse contentos y hacer sentir miserables al resto de nosotros. El objetivo de cada estudiante era romper esas reglas cada vez que pudiera salirse con la suya. La única consecuencia desagradable seria que lo atraparan.

Padre amoroso, no burócrata

Pero Dios no es un burócrata. Él es un Padre amoroso. Si Él dice “No debes…” es porque esa actividad en particular nos dañaría y en algunos casos nos destruiría.

¿Es que el pecado no ofende a Dios? Por supuesto que sí. Estamos hechos a su imagen y semejanza y el pecado desfigura esa semejanza en nosotros. También daña a otros que están hechos a su imagen y semejanza. No existe tal cosa como el “pecado personal” – estamos tan interconectados que toda decisión de apartarnos de Dios tiene un impacto incalculable no solo sobre el pecador sino también en toda la familia de Dios.

No fariseos arrogantes

Algunas personas corrigen a otros porque son entrometidos. Otros, como los fariseos, lo hacen para exaltarse a sí mismos denigrando a otros. Sin embargo, el discípulo, interviene por amor, amor a Dios, amor a todos sus hijos, pero especialmente por el pecador quien es el más dañado por su propio pecado.

Muchas personas consideran las leyes divinas como regulaciones burocráticas arbitrarias. No se dan cuenta que sus acciones abren heridas en sus corazones y en los corazones de los demás. Pero si nos damos cuenta de lo que ocurre, y nos interesa, debemos encontrar la manera de decírselos. Otros no conocen acerca de Dios ni sobre su voluntad – sin embargo, sus acciones causan estragos en sus vidas y en las de los demás. Necesitamos compartirles la Buena Noticia sobre la misericordia de Cristo y el poder del Espíritu Santo que hace posible que cumplamos la voluntad del Padre.

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Cuidándonos unos a otros

Tu podrías decir, “Pero, ¿para qué me molesto si de todos modos no me van a escuchar?”

Simple: Porque Dios lo pide. El profeta Ezequiel fue llamado a ser guardián del pueblo de Israel, tal como vemos en la primera lectura de este domingo (Ez. 33:7-9). Era su responsabilidad hacerle saber a la gente que sus acciones acabarían en desastre. Si él les advertía y ellos no escuchaban, ya no era problema de Ezequiel. Ya había cumplido con su responsabilidad y las consecuencias recaerían sobre aquellos que no escucharon su advertencia. Pero si él se negaba advertirles por temor a su rechazo y acababan en desastre, Dios haría responsable a Ezequiel.

Humildes profetas del amor

Tu podrías decir, “Pero, yo no estoy llamado a ser un profeta”. ¡Por supuesto que sí! En el Bautismo y la Confirmación fuiste ungido sacerdote, profeta y rey. Y si no te has dado cuenta, los profetas no ganan concursos de popularidad.

Por supuesto que si eres prudente y humilde al ejercer tu labor profética, tus probabilidades de tener éxito serán mayores. En el Evangelio de este domingo, el Señor Jesús nos da instrucciones sobre cómo proceder (Mateo 18:15 ss.): primero, busca a la persona en privado y trátala como si fuera un hermano, no como alguien inferior a ti. Si no consigues nada, lleva a alguien más para que te ayude. Y si todavía no llegas a nada, refiere el caso a la Iglesia, lo que en la mayoría de los casos implicaría alguien con autoridad como el párroco, el obispo o el nuncio apostólico.

En resumidas cuentas, tenemos una deuda de amor para con nuestros hermanos (Romanos 13:8:10). Y el amor hace todo lo que puede para que una persona no se lance de un acantilado.

Este artículo sobre la actitud amorosa que debemos tener en la corrección fraterna se ofrece como una reflexión sobre las lecturas para el Vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario, ciclo litúrgico A (Ezequiel 33:7-9, Salmo 95, Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20).  Estamos llamados a ser profetas humildes que cuidan como amor de los otros.

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