Los hijos de Zebedeo – ambición vrs. servicio

Los hijos de Zebedeo – ambición vrs. servicio

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Los hermanos Juan y Santiago, hijos de Zebedeo, eran ambiciosos. Cuando hicieron la famosa petición de tener puestos de honor en el evangelio de Marcos, Jesús aprovecha la oportunidad para enseñarles que el liderazgo y la verdadera grandeza consiste en amar, servir, e incluso compartir la copa del sufrimiento de Cristo.

Era la el momento de hacer su movimiento. Usualmente era Pedro quien tomaba la iniciativa, pero ahora les tocaba el turno a ellos. Aclararon su garganta y le pidieron al maestro los mejores asientos de la casa, los lugares de honor junto al trono.

Ambición, honor y privilegio

En evangelio de este domingo, Juan y Santiago claramente se referían aquel glorioso momento en que Jesús seria finalmente proclamado rey de Israel y de todo el mundo. Ellos se imaginaban en el esplendor del nuevo reino fungiendo como Primer Ministro A y Primer Ministro B.

Jesús se refrenó bastante al corregirlos. Era natural que los discípulos se esforzaran por alcanzar la excelencia puesto que para eso nos creó Dios. Sería natural para ellos pensar que la excelencia implicaba privilegios, honor y gloria puesto que así es como todos los demás, judíos o gentiles, conciben la excelencia. Los sumos sacerdotes y los gobernadores romanos se rodeaban de mucha pompa, sirvientes y aduladores.

Liderazgo de servicio

Jesús quería que sus discípulos ambicionaran la verdadera grandeza, que no es sobre tener grandes mentes, si no grandes corazones. Es la caridad lo que hace que los hombres y mujeres sean verdaderamente grandes, puesto que los hace como Dios en cuya imagen fueron creados. Jesús había comenzado a mostrarles de que se trataba el amor de Dios, pero no habían entendido la idea.  Sus pies aún no habían sido lavados y el Rey todavía no había sido coronado con espinas. Todavía no habían entendido que el amor se vacía a sí mismo, que la verdadera grandeza está en el sacrificio y que “primer ministro” significa ser “siervo de todos”.

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Amor y la copa de sufrimiento

En un mundo regido por el egoísmo y el egocentrismo, un amor como este está destinado a sufrir. Amar mucho es sufrir mucho. La copa de la celebración puede llegar, pero solo después de la copa de sufrimiento. Jesús había venido a vaciar esta amarga copa hasta el final. ¿Estarían sus discípulos listos para beber de esa misma copa? Con poca sinceridad contestaron que sí, totalmente ignorantes de las consecuencias de su elección. Sin embargo, pronto se darían cuenta de lo que implicaría.

Jesús, nos dice la epístola a los hebreos, es compasivo y misericordioso con nosotros porque fue tentado en todo en lo que nosotros somos tentados, aunque él nunca sucumbió a la tentación. El corrigió a los hijos de Zebedeo con ternura porque él mismo fue tentado a recibir el favor y la gloria de los reinos del mundo inclinándose ante el padre del orgullo (Mateo 4:8-9). Sin embargo, humildemente eligió servir al Padre de misericordia.

Tentado a la auto gratificación

Podríamos pensar que entender este concepto es más fácil para nosotros que para ellos. Después de todo, recibimos el Espíritu de entendimiento cuando, en el bautismo y la confirmación, nos ponemos la mente de Cristo. Ya sabemos el final de la historia – que la resurrección sigue a la crucifixión.

Desafortunadamente, luego de la mordida que la serpiente diera a nuestros primeros padres, todavía queda una cicatriz en nosotros y un residuo del veneno de la serpiente aún sigue en nuestro interior. Hay un impulso dentro de nosotros que nos hace querer pasar por encima de los demás para llegar a la grandeza, a exaltarnos a expensas de otros, incluso a derribar a otros para llegar en primer lugar. Nos sentimos tentados a desear que otros caigan para que nosotros nos veamos bien, a dejar que otros carguen la bolsa mientras escapamos sin ningún remordimiento, a dejar los platos sucios a otros a menos que, Dios no lo permita, hagamos más de lo que justamente nos toca.

Indignos y desagradecidos

Si queremos ser verdaderos seguidores de Cristo y ser verdaderamente grandes, debemos dejar de poner límites a cuánto hemos de donarnos o a quien estamos dispuestos a servir. El más grande y más parecido a Dios no es el que aparece en la portada de la revista “People”, es el que más se esfuerza por aquellos menos dignos y menos agradecido.

 Este artículo se centra en la ambición de grandeza de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, al pedir lugares de honor junto a Jesús. Es una reflexión sobre las lecturas para el Vigésimo Noveno Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo Litúrgico B (Isaías 53:10-11; Salmos 33; Hebreos 4:14-16; Marcos 10:35-45).

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