El buen samaritano

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La famosa parábola del Buen Samaritano demuestra que la misericordia y la compasión no siempre son convenientes, y que el amor al prójimo no puede limitarse solo a aquellos que son similares a nosotros.

Hasta el día de hoy, el camino de Jericó hacia Jerusalén es largo, serpenteado y desolado. Probablemente, los dos caminantes regresaban a casa después de semanas de cumplir sus deberes en el templo. O podría ir camino al templo para el relevo (Lucas, 1:8). De cualquier forma, el sacerdote y los Levitas iban de prisa a su destino. Los deberes religiosos de oración litúrgica en una dirección. La familia que los necesitaba en la otra dirección. Era una lástima lo que había ocurrido al hombre medio muerto a la mitad del camino, pero alguien más tendría que ocuparse de él. Estos caminantes simplemente no tenían tiempo.

Luego pasó el samaritano. Al pertenecer a una secta herética, su teología estaba errada. Étnicamente ni siquiera era un judío puro, sino un cruce entre judío y Gentil. Muchos judíos hubieran estado de acuerdo con una campaña de “limpieza étnica” para purificar la tierra santa de estos mestizos. El samaritano, desde luego, sabía esto. Al ver a su enemigo ensangrentado tirado en el camino, justamente podría haber dicho “se lo merece”  y seguir de largo.

Pero no podía. La compasión por el sufrimiento de otro ser humano le ganó a la teología partisana, a la identidad étnica y a las exigencias de su agenda.  Su deber era claro. Si esto le hubiera ocurrido a su papa, él hubiera querido que un judío que pasara por ahí se detuviera a ayudarle. Así que se tomó su tiempo, hizo su agenda a un lado, gastó el dinero que probablemente no podía darse el lujo de desperdiciar e incluso hizo planes para visitarle a su regreso del viaje.

Esta es una historia escrita por Jesús para ilustrar un punto. Sin embargo, refleja un fenómeno curioso que se observa en todas las épocas. La gente buena y religiosa, que nos imaginaríamos que estarían más dispuestos a ayudar, a menudo son los que utilizan la piedad y las obligaciones familiares para disculparse de las responsabilidad de caridad. “Alguien más tendrá que hacerlo, yo no tengo tiempo”. “Ya dimos nuestra donación en la oficina”. “Me gustaría ayudar, pero mi presupuesto ya está al límite”. Por otra parte, a menudo son aquellos que menos esperaríamos los que se apartan de su  camino para brindar su ayuda.

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Jesús dijo: “No todo el que me dice, ´Señor, Señor, ´, entrará al reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre” (Mateo 7:21). Y la voluntad del Padre no es solo que nos abstengamos de hacer cosas malas (pecados de obra), sino que también cumplamos con nuestra obligación de hacer justicia y obras de misericordia. Es sorprendente que el único avance del juicio final que aparece en los evangelios muestra a los condenados no por cometer asesinato o adulterio, si no por no hacer las obras de misericordia (pecados de omisión) Mateo 25:36)

Si, debemos practicar el buen juicio. Somos seres limitados y no podemos satisfacer las necesidades ni siquiera de las personas en nuestro vecindario, mucho menos las de todo la gente del mundo. Hay algunos que se han ocupado de salvar el mundo y descuidan a su familia.

Aquí es donde necesitamos ejercitar la virtud de la prudencia y en algunos casos quizás buscar un buen consejero espiritual.

Sin embargo, si cada nos negamos a cada solicitud de ayuda que recibimos porque estamos demasiado ocupados o ya hemos dado demasiado, es hora de un examen de conciencia.

El amor a veces resulta inconveniente. Significa no solo dar lo que nos sobra,  a veces significa dar de nuestro propio ser. La verdadera caridad puede ser dolorosa.

De hecho, de eso se trata la cruz. El Divino Samaritano vio a toda la raza humana ensangrentada  en un camino desolado. Tomó acción y se involucró. Le costó más de dos monedas y algunas horas de retraso el rescatarnos y sanarnos.  Lo que nos pide a nosotros, los que queremos ser llamados cristianos, “pequeños Cristos”, es que amemos con su amor y seamos fieles a Su Nombre.

 Este ensayo sobre la parábola del Buen Samaritano y el amor al prójimo es una reflexión sobre las lecturas para el décimo quinto domingo del tiempo ordinario, Ciclo C (Deuteronomio 30:10-14; Salmo 69; Colosenses 1:15-20; Lucas 10: 25-37).