La Mujer Atrapada en Adulterio

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La Mujer Atrapada en Adulterio
Quinto Domingo de Cuaresma, Ciclo C
by: Dr. Marcellino D’Ambrosio
Translated by: Miguel Carranza

Verdaderamente parecía el fin del camino para ella. Atrapada infraganti en un crimen capital, su destino estaba en las manos de la turba enardecida. Para matar dos pájaros con una misma piedra, la muchedumbre decidió usarla como una carnada política y se la llevaron a Jesús.

Sin embargo, sus cálculos estaban equivocados. El respondió a su difícil pregunta con otra pregunta aun más difícil. Ellos querían ponerlo en aprietos, pero fue Él quien los puso en dificultades. Al verse acorralados, fueron forzados a admitir la hipocresía de su santurronería y tuvieron que escabullirse dejando a la mujer ante el único que era verdaderamente justo, pero la justicia no la condenó. Él la perdonó. Eso sí que era diferente. Era algo que no se había visto, por lo menos no de esta manera “Pues bien, ¡he aquí que yo lo renuevo!”(Isaías 43:19, pero por favor, ¡lee todo el capitulo!)

Jesús ofrece un nuevo comienzo para esta adultera anónima. Podría haber sido María Magdalena como en la cinta de Mel Gibson, o pudo haber sido cualquiera de nosotros. Todos somos culpables de adulterio, por lo menos en el sentido en que usa la palabra el libro de Oseas. Dios es el esposo que nos ha dado todo y merece toda nuestra lealtad. Deberíamos adorar el suelo que pisan sus pies, sin embargo lo engañamos, buscando emociones en otros amores que no han cumplido lo que han prometido. Jesús es la fuente de la misma vida, rechazarlo significa elegir la muerte.

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Parece fácil para Jesús decirle a la adultera (o a todos nosotros) “yo tampoco te condeno”. Con esas palabras, la salvó de una muerte segura y le dio la oportunidad de iniciar una nueva vida. Entices, ¿Qué le costó a ella? “Ve y no peques mas” fue su prescripción. Ella debía cambiar su vida.

Pero, ¿qué le costó a Jesús? Todo. A Él se le requirió no solo cambiar su vida, sino también perderla. En “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson, una de las escenas más conmovedoras es cuando su Madre corre hacia El mientras cae al suelo bajo el peso de la cruz. En ese agonizante momento, Jesús la mira y dice “Mira que hago nuevas todas las cosas” (Ap. 21:5)

Dietrich Bonhoeffer, un famoso teólogo alemán asesinado por los Nazis, señaló las diferencias entre “gracia barata” y “gracia costosa”. La Gracia es gratis. Es el regalo inmerecido de perdón y tierna amistad que Dios nos extiende para transformarnos y hacer todas las cosas nuevas. Esta gracia no es barata. Fue pagada con los sufrimientos del Hijo de Dios, sufrimientos que gustosamente aceptó por amor a nosotros.

Saulo necesitaba desesperadamente de esta gracia. El ocupo un puesto llamativo entre los santurrones sedientos de sangre que apedrearon a Esteban. Mientras iba camino a Damasco, se dio cuenta de quién era y a lo que merecía, y la gracia que le fue ofrecida le pareció más preciosa que el oro. Fue su perla de gran precio. A la luz de este tesoro, todo lo demás parecía basura (de hecho, en Filipenses 3:8, Pablo utiliza una palabra un tanto vulgar para decir “abono”). No se conformó con ser un simple espectador. El quería participar personalmente en el sufrimiento de Cristo y experimentar el estimulante poder de su resurrección, el amor que es más fuerte que la muerte. Vio la línea de la meta celestial frente a él y decidió ir por la medalla de oro.

Esa misma gracias esta disponible para ti. La pregunta es, ¿qué tanto la valoras? ¿Qué valor le das? Se te ofrece diariamente a través de la Eucaristía, la Palabra de Dios y la oración. ¿Acaso estás demasiado ocupado para incluirla en tu horario? ¿Cuanto te esfuerzas para ganar el premio? ¿Estás corriendo, caminando o arrastrándote?

Las acciones hablan más que las palabras. Examinemos en que gastamos nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestras energías. Eso te dirá que es lo que más valoramos.

Este articulo fue publicado en “Our Sunday Visitor,” como una reflexión sobre las lecturas para el Quinto Domingo Cuaresma, Ciclo Litúrgico C (Isaías 43:16-21; Salmo 126:1-6; Filipenses 3:8-12; Juan 8:1-11). Se reproduce aquí con el permiso del autor.